El impuesto que pagás y nunca llega

Hay prácticas que no tienen épica. No requieren talento, riesgo ni estrategia. Cazar en el zoológico es una de ellas. Entrás, apuntás, disparás. Listo.
En la Argentina, hace décadas que la recaudación se maneja así: siempre sobre los mismos.
Mientras tanto, hay un sector enorme —visible, cotidiano, perfectamente integrado a la vida diaria— que cobra impuestos pero no los entrega. No es que no los cobre. Los cobra religiosamente. El tema es que se los guarda.
Aclaremos de entrada, otra vez, para evitar trampas discursivas:
- Esto no es subir impuestos.
- No es aumentar precios.
- Es recaudar lo que ya te cobran y no aparece.
El recorrido diario del IVA invisible
Un día normal. Nada sofisticado.
Panadería: sin ticket.
Carnicería: “no estoy facturando”.
Verdulería: efectivo o transferencia.
Taxi: “no tengo ticketera”.
Peluquero: “con factura te tengo que cobrar más”.
Médico: “obra social no, particular… sin factura”.
Pagás todo.
Pagás precios finales, con inflación incluida y con IVA implícito.
No hay descuento por no facturar. No hay rebaja, ni culpa.
El 21% está adentro.
La diferencia es simple: El supermercado lo declara. Ellos, no. Ese IVA no desaparece. Cambia de bolsillo.
El truco doble: no facturar y vender facturas
Y acá aparece la parte menos inocente del asunto.
Porque muchos de los que si les pedís factura te quieren subir el precio —o te explican con paciencia forzada que “ingresos brutos”, “el sistema”, “los impuestos”— son los mismos que después participan del negocio paralelo de las facturas truchas.
No te facturan a vos. Pero le facturan a otro.
Una economía donde: no se declara lo que se vende, se cobra el impuesto igual, y encima se comercializa el comprobante como mercadería.
Todo muy artesanal. Todo muy argentino. Todo completamente naturalizado.
No es empleo en negro: es economía en negro
Esto no va de trabajadores sin registrar. Va de actividad económica que no se factura: comercio, servicios, profesionales, transporte, consumo diario. Esto lo percibimos cotidianamente, otras actvidades con volumenes considerablemnte superiores (agricolas, ganaderas, de energía) desandan el mismo camino, o atajo, para evitar facturar.
Las estimaciones serias ubican esa economía en negro en torno al 30% del PBI argentino.
Pongámoslo en números claros:
- PBI anual aproximado: USD 630 mil millones.
- Economía no registrada: USD 190 mil millones por año. Por año.
Y acá viene el dato que incomoda de verdad: Ese monto equivale a más de un tercio de la deuda pública argentina.
Dicho de otra manera, bien brutal y sin vueltas: si esa evasión se redujera de forma significativa, en tres años se podría cubrir el total de la deuda.
No es una metáfora. Es aritmética.
Entonces… ¿por qué nadie va ahí?
En tiempos donde:
- las transacciones son digitales,
- los pagos están bancarizados,
- los consumos se rastrean en tiempo real,
- y la tecnología permite cruzar datos en segundos, la pregunta es inevitable:
¿Cómo puede ser que esto siga siendo un “problema estructural”?
¿Por qué es más fácil mendigar créditos afuera que ordenar lo que pasa adentro?
¿Por qué se ajusta, se discute, se recorta o se declama… pero no se va al núcleo del desorden?
Provincias pobres, evasión rica
Hay otra consecuencia que casi no se menciona. Cada peso que no se factura: no entra a Nación, no se coparticipa, no llega a provincias ni municipios.
Después escuchamos hablar de “provincias inviables”, de “dependencia del Tesoro”, de “federalismo declamativo”.
Tal vez el problema no sea que falten recursos.
Tal vez el problema sea que una parte enorme de la economía decidió hace años no compartirlos.
Y los que siempre pagan… pagan también por eso.
Los indignados profesionales
Lo más llamativo es quiénes suelen encabezar el enojo: los que nunca facturan, los que te cobran impuestos que no entregan, los que viven quejándose del Estado mientras lo desfinancian todos los días.
Son los primeros en hablar de presión fiscal. Los primeros en señalar a “los otros”. Y los últimos en mirarse el mostrador.
No es ideología, es justicia básica No se trata de castigar. No se trata de inventar impuestos nuevos. No se trata de correr a los que ya están en blanco. Se trata de algo mucho más simple y mucho más justo:
- Que el impuesto que ya pagás llegue a destino.
- Que no siempre se cace en el zoológico.
- Que el esfuerzo no sea siempre de los mismos.
Después, recién después, discutamos todo lo demás.