Las redes: la trinchera de los odiadores seriales

Anonimato, impunidad y un sistema que premia la agresión. El odio dejó de ser un desborde para convertirse en método. Y nadie está exento de ser el próximo blanco.
Todo empieza igual.
Un gesto mínimo.
Una frase suelta.
Un recorte fuera de contexto.
Después, la avalancha.
No hay reflexión. No hay pausa. Hay impulso. Un dedo que baja, un comentario que hiere, una risa rápida del otro lado de la pantalla. Emoción pura, sin mediación. La razón queda afuera, mirando cómo la puerta se cierra.
Las redes no inventaron el odio. Le dieron velocidad, escenario y recompensa. El anonimato terminó de cerrar el círculo: convirtió la agresión en un acto sin costo. Sin rostro. Sin consecuencias visibles.
Cuanto más violento el mensaje, más circula.
Cuanto más cruel, más se reproduce.
El algoritmo no pregunta por el daño: mide impacto. Y hoy el impacto suele venir cargado de desprecio.
Así aparecen los odiadores seriales. No discuten ideas: descargan. No argumentan: disparan. Usan al otro como superficie donde escribir frustraciones propias. No importa quién sea. Importa que esté ahí. Que sea alcanzable. Que no pueda responder en igualdad de condiciones.
Hasta acá, el fenómeno parece ajeno.
Le pasa a otros.
A los expuestos.
A los que “se la bancan”.
Pero el odio no tiene agenda. No avisa. No discrimina.
¿Qué pasa cuando el blanco sos vos?
¿Cuando el nombre que se repite no es abstracto sino familiar?
¿Cuando el ataque no cae sobre una figura pública sino sobre alguien que querés?
Nadie está a salvo. Hoy es otro. Mañana cualquiera. Una opinión, una foto, una frase mal leída. Eso alcanza. El odio circula sin frenos y encuentra siempre nuevos destinatarios.
Sociólogos y analistas lo vienen advirtiendo: cuando la agresión se normaliza, el daño se democratiza. Sociedades fragmentadas, sostenidas por el miedo y cohesionadas por el resentimiento, necesitan enemigos para funcionar. Y cuando no los encuentran, los fabrican.
El problema no es solo quien odia. Es quien mira y calla. Quien comparte “porque es gracioso”. Quien justifica “porque algo habrá hecho”. Así, la deshumanización se vuelve rutina, el morbo entretenimiento y la crueldad costumbre.
La pregunta incómoda no es qué les pasa a ellos. La pregunta es qué nos pasa a nosotros. ¿Somos eso? ¿Eso nos representa? ¿Qué queda después del insulto? ¿Qué se repara con el odio?
Tal vez no haga falta gritar basta. Tal vez alcance con algo más difícil: detenerse un segundo. Pensar. Sentir. Entender que el odio que hoy parece ajeno mañana puede tener nombre propio.
Y entonces, ya no será un fenómeno social.
Será personal.