Fotogramas de una vida que no elegimos

0
filas

Sucede una escena mínima, casi invisible: una fila. Un trámite cualquiera. Un celular en la mano. Alguien mira la pantalla con el ceño fruncido, suspira, levanta apenas la vista y vuelve a bajar la cabeza. A su lado, otra persona repite el gesto. Nadie habla. Nadie pregunta. Nadie protesta demasiado. El ruido no está afuera. Está adentro.

Si esto fuera una película, sería un plano largo. Sin música. Sin diálogo. Solo gestos repetidos.

Sucede que vivimos así: como extras de una historia que creemos entender, pero que ya no controlamos. Reaccionamos a escenas sueltas, a fragmentos de realidad que nos llegan desordenados. Una noticia acá. Un enojo allá. Un recuerdo reciclado. Una promesa que suena nueva aunque ya la escuchamos antes.

Sucede que todo parece distinto, pero todo se parece demasiado.

La repetición no se presenta como copia burda. No vuelve igual. Vuelve maquillada. Acelerada. Envuelta en un lenguaje que promete ruptura.

Sucede que la repetición se vuelve invisible, y en esa invisibilidad está su eficacia. No nos damos tiempo para reconocerla.

Discutimos, nos indignamos, tomamos posición. Y lo hacemos convencidos de que esta vez sí estamos viendo claro.

No lo estamos.

Sucede que hablamos enojados. Opinamos enojados. Escuchamos —cuando escuchamos— desde el enojo. La furia se volvió un idioma cotidiano. Ordena el mundo en bandos, simplifica las discusiones, da una identidad rápida. Sirve para reaccionar. No para comprender.

En ese clima, la verdad ya no aparece como un relato compartido. Sucede que vivimos rodeados de verdades incompletas. Un dato aislado. Una imagen fuera de contexto. Una frase recortada. Con eso armamos nuestra percepción del mundo. Nadie miente del todo, pero nadie alcanza a decirlo todo.

Cada uno arma su propia película con escenas sueltas de realidad. Así, dos personas pueden mirar el mismo hecho y jurar que vieron cosas opuestas. No es mala fe. Es fragmentación.

Sucede entonces algo más profundo: se erosionaron las ficciones orientadoras. Esas ideas compartidas que no eran necesariamente verdaderas, pero sí útiles. Nos decían quiénes éramos, hacia dónde íbamos, qué valía la pena esperar. No ordenaban el mundo, pero lo volvían habitable.

Sin ellas, no quedamos más libres. Quedamos desorientados.

Sucede que sabemos con claridad lo que rechazamos, pero dudamos cuando tenemos que decir quiénes somos. Nos definimos por oposición, no por proyecto. Cambiamos de discurso con la misma velocidad con la que cambiamos de pantalla. Sin ficciones que orienten, cualquier historia ocupa el vacío, aunque sea frágil, aunque dure poco.

La escena vuelve. La fila avanza. El trámite termina. Cada uno se va por su lado. Nadie se lleva nada nuevo, pero todos cargan la misma sensación. No es cansancio físico. Sucede que es cansancio de sentido.

Tal vez ese sea el plano central de esta película que protagonizamos sin darnos cuenta. No el del caos espectacular, sino otro más inquietante: la rutina emocional. La repetición, la bronca, los fragmentos, la ausencia de horizonte.

No es una tragedia épica. Es algo más silencioso.

Es la historia de una sociedad que todavía se mueve, pero ya no sabe bien hacia dónde.

Y la pregunta que queda flotando —como esos finales que incomodan— no es qué va a pasar mañana.

Sucede otra cosa, más incómoda: si en algún momento vamos a dejar de actuar en automático y empezar, de una vez, a mirar la película completa.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *