La república de los “todólogos”

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Selfies, micrófonos y frases hechas: en la era de las redes cualquiera habla de todo, pero cada vez menos saben de algo

Hay una escena que se repite a diario en redes sociales y ya no sorprende: el abogado devenido epidemiólogo, el ex funcionario reciclado en analista político, el periodista “autopercibido”, el coach ontológico que explica economía, el community manager que cree que su rutina diaria lo habilita a comunicar, o el panelista de streaming que opina con convicción… aunque no conjugue correctamente los verbos.

No es una caricatura. Es el paisaje.

Vivimos en la era del todólogo, una fauna digital convencida de que tener un celular, una cuenta de Instagram y un poco de desparpajo equivale a tener formación, método y criterio. La consigna parece clara: si lo hace Mengano, ¿por qué yo no?

Del saber al parecer

Durante siglos, el conocimiento fue acumulación, estudio, experiencia y contraste. Hoy, muchas veces, alcanza con parecer. Parecer informado, parecer indignado, parecer profundo. El algoritmo premia la seguridad, no la precisión. El grito, no el argumento. El clip viral, no la idea trabajada.

Así, la opinión se volvió una mercancía barata y abundante. Y como toda sobreoferta, perdió valor.

No es que antes no hubiera opinadores livianos. Siempre los hubo. La diferencia es que ahora tienen escenario permanente, audiencia segmentada y validación inmediata en forma de likes, vistas y seguidores. El aplauso digital reemplazó al chequeo de datos.

El snobismo del micrófono

Hay algo profundamente snob en este fenómeno. La necesidad de estar, de figurar, de decir “yo también”. No importa el tema: política internacional, psicología, fútbol, inteligencia artificial o geopolítica global. Todo entra en una historia de 30 segundos.

La especialización aburre. El matiz no rinde. La duda no vende.

Entonces aparecen los “analistas” que jamás analizaron, los “periodistas” que no contrastan fuentes, los “comunicadores” que confunden exposición con comunicación, y los “expertos” cuyo único mérito es haber pasado cerca del tema alguna vez.

Streaming, paneles y la banalización del debate

El streaming terminó de cerrar el círculo. Micrófonos abiertos, mesas largas, opiniones cortas y certezas absolutas. La discusión se volvió performance. El error, parte del show. La ignorancia, un rasgo pintoresco.

No se trata de elitismo ni de nostalgia por una edad dorada que tampoco fue perfecta. Se trata de algo más básico: responsabilidad pública. Porque cuando todo se trivializa, cuando cualquiera opina de todo sin saber, el debate se empobrece y la sociedad paga el costo.

¿Democratización o degradación?

La gran pregunta es incómoda: ¿estamos frente a una democratización de la palabra o a una degradación del discurso?

Probablemente un poco de ambas. Las redes abrieron voces antes silenciadas, pero también licuaron los estándares. El problema no es que muchos hablen. El problema es cuando nadie escucha, nadie estudia y nadie se hace cargo de lo que dice.

El derecho a hablar y el deber de saber

Opinar es un derecho. Informar, analizar y comunicar son responsabilidades.

Tal vez el desafío del presente no sea callar a los todólogos, sino volver a valorar a quienes saben, a quienes dudan, a quienes investigan, a quienes se equivocan pero corrigen. En un mundo saturado de ruido, el verdadero acto contracultural es el rigor.

Porque al final, no todo el que tiene un micrófono comunica. No todo el que opina entiende. Y no todo el que grita tiene algo para decir.

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