¿Soltar el pasado o tirar la historia?

Entre la moda del desapego y el riesgo de vaciar la memoria.
La escena se repite en muchas casas: una caja de cartón apoyada en el piso, la consigna de “ordenar” y alguien que, con buena intención, pregunta qué hacer con esas fotos viejas, esos apuntes amarillentos, ese pulóver que ya no entra pero abriga recuerdos. “Tirá, soltá, no sirve más”, aconseja una voz externa. La duda aparece tarde: no es el objeto lo que cuesta dejar ir, sino la historia que viene con él.
Hubo un tiempo —no tan lejano— en el que guardar cartas, fotos, discos, libros subrayados o una campera heredada no era un problema emocional sino una forma de narrarse. El pasado no se “gestionaba”: se convivía con él. Hoy, en cambio, las nuevas tendencias parecen haber decretado una consigna universal y sin matices: hay que soltar. Soltar personas, soltar recuerdos, soltar objetos, soltar culpas, soltar hasta la infancia si hace falta. Todo lo que pese, afuera. Todo lo que incomode, a la bolsa.
La consigna viene envuelta en un lenguaje amable —energía, vibras, liviandad, sanación— y respaldada por una industria creciente de coaching ontológico, constelaciones familiares, autoayuda exprés y espiritualidades de catálogo. No se discute el derecho de cada quien a buscar bienestar. Lo que sí merece discusión es qué estamos soltando realmente y a qué precio.
Porque hay una diferencia sustancial entre elaborar el pasado y deshacerse de él.
Objetos que pesan… ¿o que sostienen?
La nueva pedagogía del desapego suele apoyarse en lo tangible: tirá ropa vieja, regalá recuerdos, vaciá cajones, quemá fotos. El objeto es presentado como ancla negativa de lo intangible. Pero la cultura —sobre todo la nuestra— nunca pensó así la relación con las cosas.
A los sub 40 nos educaron con otra lógica: los objetos eran memoria materializada. El álbum familiar, la biblioteca heredada, la casa de los abuelos, incluso el “esto no se tira porque sirve”. No era acumulación patológica: era continuidad. Identidad. Historia.
Desprenderse sin reflexión puede producir alivio inmediato, sí. Pero también puede generar algo menos instagrammeable: arrepentimiento tardío. Cuando ya no está la foto, cuando el libro no vuelve, cuando el objeto que parecía carga era, en realidad, un puente.
Espiritualidad liviana, pensamiento pesado
El problema no es la búsqueda interior. El problema es cuando esa búsqueda se convierte en mandato, en moral superior. Cuando no soltar pasa a ser sinónimo de estar “mal trabajado”, “vibrar bajo” o “no haber sanado”.
Ahí aparece el fanatismo, aunque venga perfumado de sahumerio.
La vida no es un proceso de limpieza constante. No todo lo que duele intoxica. No todo recuerdo incómodo es un obstáculo. A veces es, simplemente, una señal de que hubo algo importante.
Reducir la complejidad humana a consignas motivacionales es tentador, pero peligroso. Porque transforma el conflicto en culpa y la memoria en estorbo.
¿Moda espiritual o negocio emocional?
Como toda tendencia, esta también tiene su costado snob. Decir que uno “soltó” queda bien. Es breve, elegante y no exige demasiadas explicaciones. Elaborar, en cambio, lleva tiempo, contradicciones y silencios. No vende tanto.
El riesgo es confundir bienestar con negación. Creer que vaciar la casa equivale a ordenar la vida. Que tirar el pasado garantiza un futuro liviano. La experiencia demuestra que no siempre es así.
No todo lo que pesa hay que soltar
Tal vez la clave no sea soltar sino saber qué sostener. Elegir. Discriminar. Pensar. Porque una sociedad sin recuerdos es fácilmente manipulable, y una persona sin historia corre el riesgo de repetirse sin saber por qué.
A veces el disparador llega tarde. Un día alguien busca una foto que ya no está, un objeto que se regaló en nombre de la liviandad, una carta que parecía innecesaria. Y entiende —cuando ya no puede volver atrás— que no todo lo viejo era lastre: algunas cosas eran anclas, otras brújulas.
No se trata de vivir anclados, pero tampoco de flotar sin raíces. Entre el apego enfermizo y el desapego compulsivo existe un punto intermedio mucho menos marketinero y mucho más humano: hacerse cargo del propio pasado sin convertirlo en enemigo.
Soltar, sí. Pero con criterio. Sanar, sí. Pero sin borrar.