Panem et circenses: la vieja fórmula en la era del algoritmo

Panem et circenses. La expresión aparece en la Sátira X de Juvenal y condensa una tesis incómoda: el poder puede sostenerse si garantiza alimento y espectáculo. Pan para el cuerpo. Circo para la emoción. Lo demás —la deliberación, la exigencia, la participación real— queda en suspenso.
En la Roma imperial, el trigo distribuido por el Estado y los juegos en el Coliseo o el Circo Máximo funcionaban como dispositivos de estabilidad. No había redes sociales ni celulares. No existía el streaming. Pero la lógica de administración simbólica era sofisticada. El espectáculo no era entretenimiento neutro: era política en forma teatral.
Dos mil años después, el soporte cambió. El algoritmo reemplazó a la arena. La pantalla al anfiteatro. La transmisión en vivo al pregonero. Sin embargo, el mecanismo conserva su arquitectura original. La política se escenifica, se musicaliza, se viraliza. Se construye un clima antes que una política pública.
Los actos de Javier Milei, con estética de recital y liturgia identitaria, expresan ese cruce entre liderazgo y espectáculo. No son el único caso ni el primero. En provincias y municipios, festivales “gratuitos”, corsos, celebraciones masivas financiadas por el erario reproducen la misma matriz. Se argumenta promoción cultural o impulso turístico. El efecto político es otro: generar sensación de acompañamiento y volumen.
Nada es gratis. El pan se financia. El circo también. En Roma lo pagaban las arcas imperiales nutridas por tributos. Hoy lo solventa el presupuesto público. La diferencia es tecnológica, no conceptual. La anestesia es más eficiente porque es permanente: el espectáculo ya no ocurre una vez al mes en la arena; ocurre todos los días en el teléfono.
Se suele afirmar que vivimos un cambio de paradigma. Que la política mutó. Que la comunicación transformó la esencia del poder. En realidad, cambió la interfaz. La receta es antigua. Saturar de estímulos, simplificar el conflicto, ofrecer pertenencia inmediata. La emoción como atajo frente a la complejidad estructural.
El punto crítico no es la existencia de eventos culturales. Una sociedad necesita celebración. El problema aparece cuando la escenografía sustituye al debate y cuando el aplauso reemplaza a la evaluación. Cuando el calendario festivo crece mientras las reformas estructurales se dilatan.
Hay además una doble ficción funcional.
Quien organiza interpreta la multitud como respaldo político. Quien asiste acepta el pacto implícito: participa de algo que sabe financiado por todos, pero que le ofrece una experiencia inmediata de comunidad en un contexto adverso. Ambos se reconocen en el juego. Ambos sostienen la escena.
Juvenal no denunciaba solo a los emperadores. También señalaba al pueblo que había reducido su expectativa cívica. La frase es incómoda porque interpela en dos direcciones. El poder ofrece espectáculo. La sociedad decide ser parte.
La pregunta no es moral. Es política. ¿Queremos ciudadanía o audiencia? ¿Instituciones o escenarios? Mientras la discusión de fondo quede subordinada al calendario del show, panem et circenses seguirá existiendo. Con Wi-Fi, drones y hashtags, pero con la misma lógica.