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La operación militar ejecutada por Estados Unidos el 3 de enero de 2026 en Venezuela, la mayor en América Latina desde Panamá en 1989, fue explicada públicamente con un libreto conocido: petróleo, narcotráfico y seguridad regional. Pero esa narrativa, funcional y digerible, no alcanza para explicar la magnitud ni la naturaleza del ataque.

Por: Redacción asistida por IA

Una hipótesis alternativa —y mucho más inquietante— fue planteada por la analista Carolina Restrepo Cañavera en un posteo publicado en la red social X, donde sostiene que el verdadero detonante no fue el crudo, sino la convergencia operativa de China, Irán y Rusia en territorio venezolano, un escenario que habría cruzado una línea roja para el Pentágono.

Cuando decide el Pentágono

Según este enfoque, decisiones de este calibre no se cocinan en la Casa Blanca sino en el aparato militar estadounidense. El proceso sería inverso al relato habitual: el Pentágono evalúa amenazas, fija umbrales de riesgo y, una vez superados, el presidente autoriza y comunica.

En ese marco, el discurso de Donald Trump centrado en el petróleo habría sido una simplificación política. Una explicación eficaz para la opinión pública, pero distante de las verdaderas razones estratégicas.

Venezuela como nodo de amenaza

El punto crítico, sostiene Restrepo Cañavera, fue la transformación de Venezuela en un nodo geoestratégico compartido por los tres principales adversarios globales de Estados Unidos:

China, con control directo sobre la extracción de minerales estratégicos —tantalio, cobalto y tierras raras— en el Arco Minero del Orinoco, insumos clave para la industria tecnológica y militar.

Irán, con instalaciones para la producción de drones de uso militar, en una ubicación sensible por su cercanía geográfica al territorio continental estadounidense.

Rusia, con asesores militares, sistemas antiaéreos, radares y entrenamiento en inteligencia y guerra electrónica.

No se trataría de presencias aisladas, sino de una arquitectura coordinada, donde cada actor reforzaba al otro y convertía al país en una plataforma hostil integrada a menos de 2.000 kilómetros del Comando Sur.

Por qué no fue petróleo

La comparación con Irak 2003, advierte el análisis, es engañosa. Venezuela no controla hoy flujos energéticos globales: su producción está deteriorada, su infraestructura dañada y su peso en el mercado petrolero es marginal.

Si el objetivo hubiera sido el crudo, la intervención habría ocurrido antes. El verdadero punto de quiebre habría sido otro: minerales estratégicos bajo control chino, infraestructura militar iraní y respaldo tecnológico ruso en un mismo territorio.

Un dato refuerza esta lectura: los ataques no apuntaron a pozos ni refinerías, sino a bases, radares, telecomunicaciones y centros neurálgicos del poder estatal. No se buscó controlar recursos, sino desarticular capacidades.

La guerra silenciosa por los minerales

El trasfondo es global. En 2025, China restringió exportaciones de tierras raras como respuesta a medidas comerciales de Washington, dejando en evidencia que la cadena de suministros se convirtió en un arma estratégica.

En ese tablero, Venezuela pasó a ser clave no por su petróleo ni por su régimen, sino por su rol en la nueva disputa por minerales críticos, tecnología militar y posicionamiento territorial.

Más allá del relato

El petróleo funcionó como excusa narrativa. La operación, según esta hipótesis, respondió a una lógica distinta: neutralizar una amenaza estructural en el patio trasero de Estados Unidos.

No fue una guerra por crudo. Fue una intervención marcada por la geoestrategia del siglo XXI, donde minerales, armas y presencia extranjera definen el poder real. Fuente: (Posteo de Carolina Restrepo Cañavera, publicado en la red social X)

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