Ese día ha llegado
«Lo dijo Dostoyevski: llegará el día en el que la tolerancia será tan marcada que se prohibirá pensar a los inteligentes para no molestar a los tontos».
Es importante aclararlo antes de empezar: no existe registro textual comprobable de que esa frase haya sido escrita literalmente por Fiódor Dostoyevski. Circula desde hace años como una atribución apócrifa, una paráfrasis moderna inspirada en ideas que sí atraviesan su obra (especialmente Los demonios y Memorias del subsuelo): el temor a la masa, la renuncia a la razón crítica y la comodidad moral de la obediencia.
No importa ya si la frase fue escrita con esa exactitud o si es una adaptación contemporánea de un pensamiento más amplio. Importa que describe, con precisión inquietante, el clima de época que atravesamos.
Vivimos tiempos donde la alineación se disfraza de consenso y el anestesiamiento social se presenta como empatía. Pensar incomoda. Preguntar molesta. Dudar es visto como traición. La inteligencia crítica, lejos de ser un valor, se transforma en un problema a administrar.
La sociedad actual parece haber reemplazado la búsqueda de la verdad por la necesidad de pertenecer. No se discuten ideas: se repiten consignas. No se contrastan datos: se eligen bandos. El pensamiento deja de ser un ejercicio individual para convertirse en un reflejo automático de la manada.
En ese proceso, la tolerancia deja de ser una virtud democrática y se convierte en un mecanismo de censura suave. No se prohíbe hablar: se penaliza pensar distinto. No se persigue al disidente: se lo ridiculiza, se lo aísla, se lo cancela. El mensaje es claro y eficaz: adaptate o quedate solo.
Así, la masa crítica se diluye. Y cuando una sociedad pierde su capacidad de análisis, retrocede. No avanza hacia el futuro: vuelve a otros tiempos. Tiempos donde el grupo actuaba por instinto, donde la emoción reemplazaba a la razón y donde la obediencia era más valorada que el criterio propio.
Dostoyevski advertía que el mayor triunfo del poder no es dominar cuerpos, sino conciencias. Que el verdadero sometimiento ocurre cuando el individuo renuncia voluntariamente a pensar, a cambio de tranquilidad, pertenencia o aplauso.
Hoy no hacen falta cadenas ni censores. Alcanza con la presión del entorno, con el miedo a quedar afuera, con la comodidad de repetir lo que todos dicen. La manada no exige argumentos: exige alineación.
Ese es el verdadero riesgo de estos tiempos. No el conflicto, no la grieta, no el debate áspero. El peligro real es una sociedad anestesiada, convencida de que pensar es un exceso y razonar una provocación.
Cuando pensar molesta, algo esencial ya se ha perdido.
Y recuperar la razón crítica, en este contexto, se vuelve el acto más incómodo… y más necesario.