Escuchen el viento…

El horno no está para bollos
El baqueano es una persona que tiene una portentosa comunicación con la naturaleza, y sus sentidos se potencian para descubrir en ella los síntomas casi invisibles que preanuncian cambios, y su sapiencia les hace visualizar mejor que nadie los humores cambiantes del universo.
Suelen escudriñar los suelos en busca de las huellas que le advierten del cambio del curso de los ríos y le anticipan los peligros que le esperan en el camino. Tienen la virtud de observar como nadie el vuelo de los pájaros y descifrar el rumbo de los vientos. Están atentos a los humores de sus cabalgaduras y hasta las hormigas con su afanoso deambular le van indicando el acontecer de esa naturaleza cuyo intérprete anticipado pretende ser.
Con el oído atento escuchan los ruidos lejanos del río que les avisa de la llegada tempestuosa de las aguas crecidas y perciben los susurros del viento cuyo lenguaje milenario aprendieron a entender.
Es por eso quizás que esa sabiduría empírica les permite adelantarse a los hechos y buscar resguardo en la antesala de las tormentas.
Los periodistas políticos, sin llegar a ser baqueanos del quehacer social, han dedicado su vida a augurar el curso de los acontecimientos. Su intuición se ha visto hace ya mucho tiempo enturbiada por el imperio desvergonzado de los intereses que defienden, y la billetera asoma impúdica en respaldo de muchos de sus comentarios.
Sin embargo, todos ellos, aún los más parciales y mezquinos, son lectores habituales del humor social.
No importa a que intereses representen, en el fondo, en el íntimo fuero vocacional de la actividad a la que han dedicado su vida, no pueden renunciar a ese apetito insaciable que les hace comentaristas principales de los vaivenes emocionales de las masas. Se equivocan, como todos en esta vida, pero no puede negarse que su profesión, por más sesgada que la ejerzan, les fuerza a adentrarse en el alma de sus sociedades, y a veces no pueden dejar de contar lo que están viendo, aunque les preocupe o no les convenga.
Modernos meteorólogos de las ciencias sociales, fruncen el ceño con preocupación cuando las cosas empiezan a ponerse fieras.
Los periodistas opositores pronostican, casi con alegría, la llegada de tempestades furiosas y dolores presentes y futuros. Es lógico, al fin y al cabo el advenimiento del aguacero no deja de ser la convalidación de sus deseos más o menos encubiertos de que al gobierno las cosas le salgan mal.
Es por eso que el analista objetivo debe tomar con pinzas sus vaticinios, impregnados de hecho por ideología o interés político que a muchos les cuesta ocultar.
Por el contrario, hay que estar muy atentos a los pronósticos que emanan de aquellos periodistas cuya predilección por el gobierno es notoria. Son ellos, los defensores a capa y espada del modelo oficial libertario, a quienes tenemos que escuchar atentamente. Detrás de su defensa férrea del sistema y del inocultable repudio, que colinda con el odio, que le genera el peronismo y/o el kirchnerismo, de tanto en tanto no pueden evitar que se filtren resquicios cada vez más severos de una realidad que no se puede seguir ocultando.
Podemos adulterar los números del INDEC, insultar a los empresarios textiles, burlarnos de Paolo Rocca haciéndonos eco de la adjetivación socarrona con que Milei lo etiquetara ( “Don Chatarrín de los tubitos caros” ), podemos reivindicar un alineamiento con los Estados Unidos rayano a la sumisión, y, denigrar al Parlamento mientras dedicamos una parte valiosa de los programas políticos a comentar la elegancia y el costo de la indumentaria de los Ministros del gabinete libertario, mientras celebramos en simultáneo la represión a jubilados y desacatados de cualquier índole.
Pero lo que cada vez es más difícil de seguir sosteniendo es el ocultamiento sistemático de una realidad económica devastadora que asusta en la magnitud brutal de su profundidad.
Ya los dibujos macroeconómicos no sirven para disfrazar lo malo de bueno. Los semestres se suceden y las buenas nuevas nunca llegan. El endeudamiento serial solo ha servido para sostener las crecientes apetencias de los mercados mientras la debacle de la economía real se agudiza.
TN, Eduardo Feinman y Jonatan Viale han construido con el paso del tiempo una sólida reputación antikirchnerista, y su apoyo incondicional al libertarianismo criollo ha sido expuesto en reiteradas ocasiones a la vista de todo el mundo. En ocasiones, como en el caso de Viale en su fallida entrevista pactada con Milei, se llegó al grotesco. Vimos a un periodista profesional ser interrumpido con total mala educación y prepotencia por Santiago Caputo, empeñado en guionar un reportaje absolutamente amañado.
Es por eso mismo que, cuando las advertencias provienen de este tipo de personas, causan mayor preocupación.
Diego Sehinkman, conductor principal de un programa periodístico que emite TN no pudo evitar manifestar su estupor y molestia cuando puso al descubierto la incorporación a último momento de las modificaciones introducidas en el Senado al proyecto sancionado en la llamada Ley de Modernización Laboral.
Sin estridencia, con objetividad y real preocupación pregunta a una entrevistada con tono afligido: “Si una persona tiene la mala suerte de tener un cáncer, no es para faltar al trabajo y quedarse mirando la tele, ¡Tiene cáncer!” Con la ley actual esa persona que tiene esa desgracia sigue percibiendo el cien por ciento de su sueldo. Diego pregunta a continuación, como sería la situación con la nueva ley que tiene media sanción en el Senado. Se le contesta: “Si el cáncer no es originado por la actividad laboral, pasaría a cobrar el 75% de su sueldo”.
Sehinkman con firmeza replica: “Eso no suena bien, no me gusta hablar con eufemismos… ¡Tiene cáncer!” y se pregunta con dolor “¿No hay en esto una objeción moral… pero estas enfermedades tan desgraciadas, tan disruptivas para la personas y sus familias, que no cobren el cien por ciento de su salario, es raro, no?”.
No hay explicación alguna que satisfaga este giro de tuercas que se sancionó en el Senado sin que nadie se haga responsable de tanta crueldad, aunque todos los dardos apuntan al pétreo e insensible Sturzeneger, quien inclusive tuvo la osadía cruel de defender la nueva norma en apariciones públicas, usando además como patético ejemplo el de un trabajador que se lesiona jugando al fútbol en su tiempo libre. Es tanta la desaprensión moral que asusta.
Menos dramático y más ridículo es lo que pasó en un programa de La Nación Más. El periodista pregunta a su entrevistado, aparentemente encargado de defender el proyecto libertario, lo siguiente: “Si me engripo, ¿Qué pasa?” La respuesta en insólita. Le contestan: “Nada, vas a tener el plazo de licencia paga, la única diferencia con el nuevo texto es que va a haber una reducción en lo que vas a percibir”. La reacción del periodista es inmediata: “Entonces sí va a pasar, vos me decís nada, voy a cobrar menos, entonces ¿Qué hago? ¿Vengo engripado y contagio mis compañeros?” El defensor de la reforma no se amilana y contesta: “El empleador va a tener un costo laboral inferior…”, lo que ocasiona una reacción inmediata de una colega que no puede salir de su asombro y dice: “¡Pero el empleado va a tener menos sueldo!” El reportaje concluye con un periodista oficialista amargado que no puede dejar de comentar : “mientras nosotros pensábamos que la reforma laboral era para un lado nos estamos enterando que hubo cambios que no se debatieron públicamente…”. Esta afirmación obligó a su entrevistado a reconocer que esto no estaba en el proyecto que se presentó en Diciembre, se negoció y se presentó ayer en el Senado. Desprolijo e insólito.
Joni Viale, por su parte, con enjundia y firmeza alza su voz y advierte al gobierno. Es consciente de que los libertarios están cruzando una línea peligrosa y empieza a notar que la gente puede llegar a perder la paciencia.
“¡Cuidado con meterse con el sueldo de la gente! Grave error del gobierno meterse con el sueldo de la gente, grave error. No es por ahí muchachos. No es por ahí. Voy de nuevo por si no quedó claro, porque aquí me levantan la cabeza como diciendo Ehhhh…. Sí, no se metan con el sueldo de la gente, no lo hagan, se están equivocando feo, porque el sueldo ya es lo suficientemente malo como para que encima jodan a las personas con cáncer. No lo hagan, piensen, no hagan estupideces, no se hagan los listos con el bolsillo de la gente… No lloren después, dejen tranquila a la gente… Resulta muy poco empático que determinado ministro que tiene millones de dólares te dice que te va a descontar porque te lesionaste jugando al fútbol… El horno no está para bollos”.
El monólogo transcripto, casi literal, se pronuncia con énfasis, fastidio y casi desesperación. Por mucha simpatía que Viale tenga con Milei, no puede evitar que su enojo desborde ante lo que considera un peligroso y absurdo ataque contra la integridad salarial de los trabajadores.
Como vemos estas situaciones descriptas giran en torno a la Ley de Modernización Laboral, que arrancó con una razonable buena prensa. El argumento de tener una ley que data de 1974, es sólido, en tanto y en cuanto justifica la necesidad de adaptarla a las nuevas condiciones del mercado de trabajo. También la prédica de la injusticias de la llamada “industria del juicio laboral”, ha calado hondo en muchos sectores de nuestra sociedad. Sumado esto al desprestigio social del rol de los sindicatos, cuya capacidad de contrarrestar la embestida resulta sorprendente, hizo posible generar mayorías necesarias para la media sanción de la norma.
Nadie hizo mucho esfuerzo por adentrarse en los pormenores de lo que se iba a sancionar. El presunto objeto de despojar de rigideces y costos superfluos el sistema de contratos laborales fue suficiente para que se avanzara legislativamente con una escasísima dosis de debate y fundamentación argumental. Conseguidos los números, la mala praxis oficialista, cuya torpeza a esta altura de los acontecimientos a nadie debería sorprender, hizo que irrumpiera la norma que tanto rechazo está generando en propios y extraños y que amenaza con retardar la efectiva sanción en Diputados de la ley.
Esta “avivada” de último momento, puso el foco en la ley, y de a poco se van descubriendo cosas que van llegando al conocimiento público.
No hay modernización alguna. El vocablo, eficientemente utilizado con fines propagandísticos, encubre un retroceso, más que un aggiornamento. Cuando el mundo apunta a reducciones de las jornadas laborales, en la Argentina estamos consintiendo la extensión de las mismas y eliminamos las compensaciones por horas extras.
Los trabajadores pierden derechos concretos, los empleadores obtienen muy pocas ventajas, y la casta conserva todos los privilegios.
De hecho los gremios conservan en su poder la masa dineraria cuya defensa lograron mantener incólume con la complicidad manifiesta del oficialismo. Los gobernadores defendieron con uñas y dientes la caja de sus ingresos coparticipables, y, aliviados, liberaron la tropa para que el gobierno logre la media sanción.
Nadie, absolutamente nadie pensó en la gente de a pie.
Del texto de la norma propuesta no surge el menor indicio de que contribuya a fomentar la creación de nuevos empleos registrados. Al contrario, quizás se pueda encontrar alicientes para despedir más fácilmente.
La victoria del gobierno en el Senado se asemeja a la de Pirro. Falsa victoria que fuera anticipo de contundente derrota posterior.
Aún sancionando el texto esta semana en Diputados, nada habría cambiado para mejor en la Argentina. Al revés, podríamos decir que todo ha empeorado y que la crisis empieza a mostrarnos sus fauces nauseabundas.
Quizás por eso el pase entre Eduardo Feinman y Pablo Rossi, constituye la mejor diapositiva del momento que vivimos.
Con meticulosidad y profesionalismo, Feinman hace una reseña devastadora, trágica y muy descriptiva de lo que en realidad sucede en la Argentina. Doblemente importante su reflexión por provenir de quien tiene grados importantes de simpatía por el gobierno libertario, pero que se siente en la obligación de comentar lo que está viendo.
“Hoy leía que en dos años se registró el cierre de 22.000 empresas. ¡Veintidós mil, en dos años del gobierno de Milei! O sea 30 por día cierran, UNA POR HORA. O sea si arrancamos este programa a las 6, a las 7 ya habrá cerrado una empresa nueva, y a las 8 otra empresa nueva, y a las 9 otra empresa nueva, UNA POR HORA. Impacta. Es muy fuerte. Y ese cierre provoca gente desempleada, 397 despedidos por día. ¡Hubo 290.000 fuentes de trabajo que se perdieron en dos años! Es todo un número. Unos dirán es poquito…No, no, es un número impresionante, multiplicalo por cuatro, son familias… 397 despedidos por día, o sea 16 despidos por hora. A las siete de la tarde, arrancamos a las seis, habrán quedado sin trabajo 16 personas, y a las ocho otras 16, y a las nueve otras 16, a mí me parecen números impactantes… ¡ESCUCHEN EL VIENTO,….qué sé yo…!”
Que un periodista filo-oficialista haga esta descripción tan contundente, asusta.
Feinmantiene toda la razón del mundo. Tanta que, a su lado, Pablo Rossi asiente afirmativamente cada uno de sus dichos. No son “cucas”, ni desestabilizadores. Son periodistas narrando una realidad que no se puede tapar.
Como el baqueano al que hacía referencia al inicio de esta nota, Feinman invita al gobierno a “escuchar el viento”. Ya oye a la distancia el rumor sordo del río que presagia furiosos desbordes de sus cauces y anticipa aluviones de lodo y piedra desbocados. Por eso eleva su voz para instar al gobierno a tomar cartas en el asunto, a dejar de ignorar lo real, a postergar la frialdad del dogma y empezar a elaborar respuestas para los problemas concretos de la gente, esos que, con premeditación y alevosía ha decidido ignorar.
“El horno no está para bollos”, “el río suena”, “escuchen al viento”, el repertorio de advertencias se despliega ante un gobierno empeñado en fabricar sus propios relatos cada vez más inverosímiles.
“La única verdad es la realidad”, decía con picardía Perón. Y aunque querramos esconderla, tarde o temprano, la realidad se impone.
Sisto Terán Nougués
Buenos Aires Enero 19 del 2026