El Mundo al borde del abismo
La Historia de la Humanidad es una secuela infinita de guerras sucesivas con muy pequeños y esporádicos espacios temporales de convivencia pacífica.
El siglo pasado nos dejó un luctuoso legado de muerte y destrucción con dos espantosas confrontaciones bélicas que hemos dado en llamar la Primera y la Segunda Guerra Mundial. Dos bombas atómicas le pusieron el corolario final a una devastadora y siniestra competencia asesina. Hiroshima y Nagasaki, Auschwitz, Dachau o Treblinka son monumentos silenciosos que nos recuerdan hasta donde el hombre es capaz de ejercer violencia indiscriminada contra sus semejantes.
La magnitud de la tragedia, y la tecnología nuclear llevó al enunciado de una frase que se atribuye a Albert Einstein: “No sé con qué armas se peleará la tercera guerra mundial, pero la cuarta será con palos y piedras”.
La cita claramente advierte que una confrontación bélica mundial con el armamento nuclear que disponen algunas de las naciones más poderosas, solo puede terminar con una extinción literal del mundo conocido.
La advertencia ha servido durante las décadas posteriores a la Segunda Guerra Mundial, para contener a los posibles contendientes, y nos ha mantenido parcialmente a salvo. No es que no hubieran guerras, estas tenían zonas geográficas delimitadas, y las grandes potencias luchaban entre sí por interpósita persona, usando jurisdicciones lejanas como campo de batalla donde pueblos infortunados eran usados como experimentos o conejillos de indias.
Durante la pandemia, el obligado receso me hizo mirar con atención el ascenso irrefrenable de líderes extremistas a nivel mundial, con una prédica violenta que dejaba de lado todo tipo de prudencia y diplomacia, augurando tiempos complicados.
La verificación efectuada me indujo a escribir mi novela titulada “Hitler, un pecado colectivo”. En tono ficcional me propuse estudiar lo acontecido y procuré revisar las circunstancias políticas, sociales, científicas, jurídicas, religiosas y filosóficas que confluyeron para que el estallido bélico fuera posible.
Quería advertir que se estaban incubando en el mundo una serie de ideas-fuerza muy complejas, cuya difusión y penetración masiva iban a colocar pronto al mundo en la inminencia de un nuevo y enorme conflicto.
El Papa Francisco, con su particular clarividencia nos recordaba ya hace más de un par de años que, a su juicio, el mundo se encontraba inmerso ya en una “tercera guerra mundial de a pedazos”, una escalada de conflictos en el mundo que ya podían ser catalogados como un preanuncio de una guerra de mayor envergadura, y nos instaba al diálogo para procurar la paz.
Huelga decir que mi libro naufragó en sus propósitos, y mi advertencia cayó en saco roto, lo cual es lógico, dada la insignificancia comunicacional y política de su autor, pero, lo que me impresionó es que la voz del Papa, líder religioso universal, no mereciera ni siquiera comentarios marginales.
Los hechos que generan las guerras suelen estar vinculados con el afán expansionista territorial de alguna nación, deseo de expropiar recursos naturales de otro país, cuestiones religiosas, o criterios supremacistas que justifican el uso de la violencia contra aquellos que se consideran inferiores.
Adolf Hitler acuñó el concepto del Lebensraum, o espacio vital, que era una manera de explicar que la nación germana necesitaba imperativamente para su consolidación y proyección la anexión de territorios ajenos para ir expandiendo su propia territorialidad. Fue muy explícito sobre el particular, inclusive mucho antes de llegar al poder, en su libro Mein Kampf, Mi lucha, con absoluta transparencia expone reiteradamente sus intenciones de apropiarse por la fuerza de nuevas geografías.
También Hitler demostró desde sus inicios sus criterios supremacistas, y su antisemitismo brutal nunca intentó siquiera disfrazarlo.
Europa asistió complaciente y estupefacta a los primeros avances del Führer. La anexión de una porción de Checoslovaquia, los Sudetes, se perpetró en la llamada Conferencia de Múnich, el 29 y 30 de septiembre de 1938. Allí los líderes de Reino Unido, Francia, Italia y Alemania, acordaron ceder esta región checoslovaca al régimen nazi. Obviamente, los únicos que no estuvieron invitados a ese encuentro cumbre, fueron los gobernantes checoslovacos.
Anteriormente, en Marzo de 1938, Hitler ya se había engullido de un solo bocado, casi incruento, todo el territorio austríaco a través de un procedimiento velocísimo que se conoce históricamente con el nombre de Anschluss.
Una potencia bélica con ansias de conquista, una Europa débil, restañando las heridas de la Gran Guerra y con poco ánimo para meterse en nuevos conflictos, fueron un escenario propicio para que las bravuconadas nazis vayan adquiriendo visos de realidad y concreción.
Hasta que llegó el momento de invadir Polonia, y no quedó a Francia e Inglaterra más remedio que declarar la guerra. En una impensada alianza Hitler y Stalin pactaron una invasión conjunta a Polonia y se la repartieron casi por mitades. El éxito arrollador de esta política de conquista despertaría las ambiciones de Italia y Japón, quienes pronto integrarían el Eje, una importante vinculación militar al servicio de sus anhelos imperialistas. La Rusia Soviética aprovechó para incrementar sus territorios y durante un par de años fueron socios del pillaje nazi.
Es imposible no trazar un paralelismo analógico entre aquellos primeros hechos de guerra que precedieron la declaración oficial del mismo, con los sucesos que estamos viviendo actualmente.
El avance de tropas rusas para invadir Ucrania puso a Occidente en estado de alerta. Las ambiciones de Putin abroquelaron a la OTAN y sus miembros se expidieron firmemente en contra de la invasión. El mundo contemplaba con preocupación las escaladas bélicas en Europa, a las que se sumaban el sanguinario conflicto en Medio Oriente y los ya recurrentes golpes de estado sangrientos que afectan continuamente a muchos países africanos. Y ni hablar de la espantosa guerra civil en Siria que culminaría con la caída del régimen dictatorial de Al-Assad.
La importancia de Rusia en el suministro de energía a los países de Europa Occidental generó importantes complicaciones a la economía de la región, debilitando, de manera indirecta los liderazgos políticos tradicionales.
En este estado de situación nos encontrábamos cuando irrumpió de nuevo Donald Trump al frente del gobierno de los Estados Unidos.
Sus modos y sus actitudes tienen, aún cuando puedan tildarme de exagerado, analogías con los modos y actitudes de Adolf Hitler.
Y esto es muy peligroso, porque hace tambalear un esquema tradicional de alianzas geopolíticas que mantenía de alguna manera el equilibrio internacional.
Trump y Putin tienen rasgos muy similares. Mesiánicos, megalomaníacos, se consideran providenciales y sus ansias imperiales son difíciles de esconder a los ojos del gran público. Tienen la cabal convicción de que el uso de la fuerza bruta es un recurso válido para resolver los problemas entre las naciones. Sus ambiciones territoriales los hacen complementarios en tanto y en cuanto preconizan para sí mismos y para sus países el derecho de expandirse por la fuerza en todo aquel territorio que consideren unilateral y arbitrariamente su “zona de influencia”.
China sigue atentamente estos pasos de baile extravagantes, y hace ostentación de un poderío militar impresionante, por ahora, a manera de advertencia.
Europa está estupefacta. Sus líderes no entienden que es lo que está pasando. La mirada puesta en el peligro ruso, reciben por la espalda un ninguneo despreciable y amenazas variadas por parte de quien era, hasta ayer, su más importante socio geopolítico: Los Estados Unidos.
Latinoamérica, región más alejada del centro de los conflictos, sobreviviente incólume, o casi, de las dos grandes conflagraciones del siglo pasado, de sopetón ha sido traída al epicentro de estas escaramuzas previas a una declaración formal de hostilidades.
En una ráfaga de declaraciones y acciones, Donald Trump ha dejado en claro que Latinoamérica le pertenece. Lo dice con descaro, sin tapujos. Colombia, Cuba y México son objeto de insultos y amenazas por parte del presidente norteamericano, quien habla con la autoridad que le confiere su aparentemente exitoso golpe de estado en Venezuela. No son simples bravuconadas de matón, Trump ha demostrado que no tiene pruritos si tiene que tomar medidas de acción directa.
Pero algo anda funcionando mal en la cabeza de Trump. Puedo entender la estrategia patotera con la que maneja sus comunicaciones, pero me resulta más difícil de entender es esa necesidad absurda que parece tener de abrir hipótesis de conflictos por todo el mundo, incluso en lugares donde nadie advertía la posibilidad de situaciones belicosas.
La arremetida trumpista contra Groenlandia linda con el absurdo. Una isla de hielo, en el confín del mundo, protectorado danés, siendo Dinamarca miembro de la OTAN y aliado incondicional de los Estados Unidos es su nuevo objetivo.
¡Un disparate total!
Y cuando un personaje de estas características detenta el poder en el país más poderoso del mundo lo que ocurre es que, lógicamente, todos comienzan a moverse de manera parecida. Y esto pasa a ser tremendamente peligroso.
Por eso a nadie parece angustiar que, casi en simultáneo, tanto en Inglaterra como en Francia se escuchan voces importantes convocando a las juventudes para una nueva leva guerrera, tan absurda y cruenta como todas.
El texto íntegro de su discurso, leído ante el foro de Alcaldes de toda Francia es espeluznante. Nos habla de geopolítica en un lenguaje crudo y nos dice que “el primer gran fenómeno es que tenemos una desvinculación de Estados Unidos respecto a Europa”, añora los tiempos en que parecía imposible que esto sucediera. Vaticina con certeza que asusta que en el año 2027 China se apoderará militarmente de Taiwan, y dice literalmente que “la Rusia actual, según la información a la que tengo acceso, se está preparando para una confrontación con nuestros países en el horizonte del año 2030”.
Mandon continúa reseñando las hipótesis de conflicto en África y Asia, en los ataques terroristas tan recientes y frescos en la memoria de los ciudadanos franceses, y abunda en detalles sobre el poderío bélico de los rusos y los chinos.
Concluye diciendo: “evidentemente este panorama es muy sombrío, y, lo siento, pero creo que hay que decirlo. En nuestras sociedades, que han vivido la atrocidad de dos guerras mundiales y que llevan décadas viviendo en un entorno pacificado, pensando que la paz estaba definitivamente asegurada, pero lamentablemente, todo lo que sucede a nuestro alrededor nos muestra que algunos han optado por el uso de la fuerza”.
Y recalca nuestro país no debe flaquear, tenemos que “estar dispuestos a perder a nuestros hijos…”.
Adjunto el texto completo de la alocución de la alocución del militar de mayor rango y jerarquía de Francia. Impacta su contenido. No hablamos aquí de una opinión de un comentarista o un cronista, estamos hablando de gente que maneja información clasificada y que nos plantea un escenario próximo de guerra a gran escala.
Sencillamente escalofriante.
Oficialmente el estado francés, a posteriori de este discurso, y en consonancia con el mismo ha establecido una conscripción de jóvenes, una leva voluntaria, para que sean instruidos militarmente. Por donde se lo mire, estamos hablando de preparativos de guerra.
Mientras esto escribo se está desarrollando una reunión entre los Estados Unidos, Groenlandia y Dinamarca respecto del futuro de Groenlandia. Ya que la reunión se lleve a cabo es insólito. El Presidente de los Estados Unidos decidió unilateralmente que, por razones de seguridad nacional, Groenlandia tiene que anexarse a los Estados Unidos. El Parlamento Europeo y la OTAN se expidieron a favor de los intereses soberanos del reino de Dinamarca, pero eso a Trump le importa un bledo.
¿Es tan absurdo todo que podríamos hablar de una hipótesis eventual de conflicto bélico entre países miembros de la OTAN? Realmente parece inconcebible y creo que finalmente alguna cordura habrá entre tanto desaguisado. Veremos.
Trump, Putin y Xi-Jingping mueven sus piezas mientras Europa empieza a tomar conciencia de un peligro que parecía imposible de materializarse. Por primera vez en décadas empiezan a tomar forma una serie encadenada de episodios que podrían conllevar la proximidad de una guerra.
La locura es como un tobogán que a medida que se transita va cobrando una aceleración cada vez mayor.
Desde todos los lugares posibles, desde cada una de nuestras individuales insignificancias, tenemos que elevar nuestras voces al unísono. Es imperativo un llamado a la Paz Mundial cuyo clamor sea estruendoso y obligue a estos líderes extravagantes a reconsiderar el uso de la violencia como decisor final de los intereses de los países.
El odio al otro y el insulto como mecanismo de comunicación, solo puede engendrar violencia, y esta nos conduce inevitablemente a reeditar tragedias de generaciones pasadas que creíamos irrepetibles.
¡Quiera Dios librar al mundo de mayores males, y ojalá sepamos entre todos poner el freno a tiempo, antes de sucumbir al precipicio de los horrores bélicos!