Cuando el compañero ya no está

En Tucumán el peronismo gobierna y la marcha suena fuerte. Se canta en actos, en asunciones, en campaña. Pero en el Congreso se habilita la reforma laboral de Milei. La herida no es técnica: es identitaria.
Sucede que el peronismo no es solo una estructura electoral. Es memoria, es épica, es biografía. Hay militantes que pagaron actos de su bolsillo, que caminaron barrios, que convencieron vecinos, que defendieron nombres propios como si fueran banderas. Cuando ese vínculo se resquebraja, no se discute reglamento. Se discute pertenencia.
En el Congreso, tres diputados alineados con Osvaldo Jaldo dieron quórum para tratar la reforma laboral impulsada por Javier Milei. De los siete legisladores tucumanos que hoy facilitan la agenda libertaria, solo dos llegaron por La Libertad Avanza. Los otros construyeron su capital político bajo otra identidad.
El quórum es la llave. Sin llave no hay sesión. Sin sesión no hay ley. No es un detalle administrativo. Es parte del resultado.
Sucede que el votante peronista no se mueve por tecnicismos. Se mueve por símbolos y por historia. La reforma laboral no es un proyecto neutro para esa tradición. Toca una fibra central: trabajo, derechos, organización sindical. Cuando un dirigente formado en ese universo habilita su tratamiento, el ruido no es ideológico en abstracto. Es personal.
Hay además un dato de poder concreto. Los tres diputados que responden al gobernador tienen familiares directos al frente de intendencias. Municipios que dependen financieramente de la provincia. Municipios que sostienen su funcionamiento con recursos que administra el Ejecutivo. La lapicera concentra decisiones reales. En ese entramado, la autonomía política se reduce. La división de poderes existe en la Constitución; en la práctica, la dependencia fiscal condiciona.
La política es negociación. Tucumán necesita recursos. La Nación maneja la caja. Se intercambia gobernabilidad por financiamiento. Es una lógica conocida. El problema no es que exista negociación. El problema es cuando el costo simbólico recae sobre una identidad que durante años se construyó en sentido contrario.
La comparación con los años noventa aparece sola. El peronismo bajo Carlos Menem también giró sobre su eje histórico. Mientras hubo estabilidad, el respaldo se sostuvo. Cuando la sensación de pérdida llegó a los hogares, la factura fue inevitable. La contradicción no estalla el mismo día que se consuma. Se acumula.
Lo que duele en la base no es la aritmética parlamentaria. Es no reconocerse en quien se ayudó a construir. Es sentir que la banca se volvió propiedad de una estructura y no mandato de una convicción compartida. La marcha puede seguir sonando en los actos. Pero si el contenido se vacía, la música deja de emocionar.
En Tucumán la política es concreta: sueldos, intendencias, obras, equilibrios fiscales. También es lealtad, memoria y relato. Cuando la primera dimensión avanza sin cuidar la segunda, la fractura es silenciosa pero profunda.
No se trata de pureza doctrinaria ni de ingenuidad. Se trata de coherencia mínima entre lo que se pidió para llegar y lo que se hace con el poder. Si el intercambio trae beneficios tangibles para la provincia, el pragmatismo encontrará defensa. Si no, la distancia entre discurso y práctica quedará como una marca difícil de borrar.
Hay decepciones que no se expresan en una marcha ni en una red social. Se expresan en la pérdida de fe. Y en política, cuando la fe se erosiona, la estructura puede sostenerse un tiempo. Pero la identidad ya no es la misma.