Valentino: el último emperador del glamour
Roma, 1968. Entre bambalinas de una pasarela improvisada en la Via Veneto, Elizabeth Taylor o quién prefieras, se detiene ante un vestido rojo pasión. Valentino Garavani, impecable, casi hierático, observa en silencio mientras la tela cae como una promesa de seducción y elegancia eterna. «El rojo hace que una mujer se convierta en un recuerdo imborrable», diría años después. Fue en escenas como esa —cuando la moda dejó de ser indumentaria para transformarse en símbolo— donde se terminó de forjar la leyenda de un diseñador que entendió, antes que nadie, que la belleza también puede ser un acto de poder.
Valentino, el gran maestro italiano de la alta costura, murió este 19 de enero de 2026 en Roma, a los 93 años, la ciudad que eligió para crear, consagrarse y despedirse. Su muerte cierra una era: la del glamour sin ironía, la elegancia sin disculpas y la moda como arte mayor.
No diseñaba ropa: construía una idea del mundo. En sus vestidos convivían la disciplina parisina, la sensualidad italiana y una noción casi aristocrática del estilo. Por eso su nombre no tardó en convertirse en marca, y la marca en imperio. Desde Hollywood hasta las casas reales europeas, Valentino fue sinónimo de distinción absoluta.
El “rojo Valentino”, ese tono imposible de replicar, no fue solo un color: fue una declaración estética. En un universo donde las tendencias cambian a velocidad digital, Valentino apostó siempre por la permanencia. Vestir de rojo era —y es— una forma de decir “estoy aquí” sin levantar la voz.
Otra escena lo retrata mejor que cualquier biografía. Jackie Kennedy, ya lejos de la Casa Blanca y convertida en Jackie Onassis, elige a Valentino para vestir su boda con Aristóteles Onassis (años después la reina argentina Máxima Zorreguieta también lo eligió para su boda). No fue una elección casual: buscaba elegancia sin estridencias, lujo sin ostentación. Buscaba, en definitiva, refugio estético. Y Valentino supo dárselo.
Fundó su Maison en Roma en 1960, luego de formarse en París y absorber lo mejor de la alta costura francesa. Junto a su socio y compañero de vida, Giancarlo Giammetti, construyó una casa de moda que resistió crisis económicas, cambios culturales y revoluciones estilísticas sin perder identidad. Mientras otros se adaptaban, Valentino marcaba el ritmo.
Elizabeth Taylor, Sophia Loren, Claudia Schiffer, Julia Roberts, Diana de Gales: la lista de mujeres que confiaron en él no responde solo a la fama, sino a algo más profundo. Valentino entendía el cuerpo femenino como un territorio sagrado. Vestir a una mujer, para él, era realzar su presencia, no eclipsarla.
Se retiró oficialmente en 2008, con un desfile que fue más despedida de época que cierre de ciclo. Desde entonces, su figura creció en estatura simbólica. Documentales, homenajes y retrospectivas confirmaron lo que el mundo de la moda ya sabía: Valentino no pertenecía al presente, pertenecía a la historia.
Murió en Roma, rodeado de los suyos, fiel a su estilo: sin estridencias, sin rupturas, sin traicionar nunca su idea de belleza. En tiempos donde el impacto suele confundirse con el ruido, Valentino eligió siempre el susurro elegante que perdura.
Hoy, cuando el vértigo manda y la moda se consume como contenido, su legado funciona como recordatorio incómodo y necesario: la elegancia no pasa de moda. Como ese vestido rojo que, en 1968, convirtió a Elizabeth Taylor —una vez más— en leyenda.