Anatomía de una noche oscura y las preguntas que nadie logra cerrar
El crimen de Erika Álvarez. La historia no empieza con un cuerpo abandonado en un basural. Empieza antes. Mucho antes. En los silencios, en los mensajes que dejan de responderse, en las decisiones que se toman de madrugada y en los vínculos que nunca son del todo lo que parecen.
El 8 de enero, al sur de San Miguel de Tucumán, alguien encontró lo que no se busca: el cuerpo sin vida de Erika de 25 años, envuelto en bolsas de consorcio, arrojado como descarte en un basural de Manantial Sur. El hallazgo fue brutal. Pero lo que vino después lo fue aún más.
La escena que habló sin palabras
El cuerpo estaba allí, expuesto, pero cuidadosamente oculto. No había azar en la forma. Tampoco improvisación. La autopsia sería contundente: violento traumatismo craneofacial y luxación cervical. Erika no murió por accidente. Fue asesinada con extrema violencia.
La escena no gritaba. Susurraba. Y ese susurro decía una sola cosa: quien lo hizo sabía lo que hacía.
Los días previos: una ausencia que nadie entendió
Erika había hablado con su familia días antes. Mensajes normales. Planes simples. Nada que anticipara el final. Pero luego, el silencio. No volvió a su casa. No respondió más. En ese vacío comenzaron las preguntas. ¿Con quién estuvo por última vez? ¿Dónde pasó esa noche? ¿Quién fue la última persona que la vio con vida?
Las respuestas no tardaron en apuntar siempre al mismo lugar.
Un nombre que se repite
En el centro de la escena apareció Felipe Sosa, 51 años. Exmilitar. Entrenamiento especializado. Empresa de seguridad privada. Y un vínculo sentimental con Erika que, según familiares y allegados, llevaba años marcado por la tensión.
Sosa desapareció apenas el cuerpo fue encontrado. No dio explicaciones. No se presentó. No llamó. Huyó.
Ese dato, por sí solo, cambió el eje de la investigación.
La fuga y la captura
Mientras Tucumán comenzaba a hablar del crimen en voz alta, Sosa se movía en silencio. Fue localizado días después en Pilar, provincia de Buenos Aires. Tenía pasaporte. Estaba listo para irse.
La detención fue ejecutada por fuerzas federales. El traslado a Tucumán, bajo un operativo de máxima seguridad: esposado, con chaleco antibalas, custodiado hasta el penal de Benjamín Paz (foto).
Ya no era solo un sospechoso. Era el principal acusado.
La trama que incomoda
A medida que la causa avanzó, el caso dejó de ser lineal. Aparecieron hipótesis que incomodan, porque corren el foco del hecho individual y lo colocan en un escenario más amplio:
Fiestas privadas, consumo de drogas y un circuito cerrado, selectivo, donde se mezclan poder, dinero y silencio.
La posibilidad de que Erika hubiera tenido acceso a información sensible o elementos comprometidos.
La sospecha de que no actuó una sola persona, o al menos no sin ayuda logística.
La pregunta que nadie formula en voz alta, pero todos repiten en privado: ¿hasta dónde llega esta historia?
La Justicia no descarta ninguna línea. Tampoco confirma más de lo necesario. En este punto, cada dato se mueve con cuidado quirúrgico.
Lo que todavía no cierra
¿Por qué el cuerpo fue descartado en Manantial Sur?
¿Por qué de esa forma?
¿Fue un crimen impulsivo o una decisión planificada?
¿Quién más sabía lo que iba a pasar?
El expediente crece. Las piezas encajan, pero el rompecabezas todavía no muestra la imagen completa.
Una sociedad expectante
Mientras tanto, la familia de Erika marcha. Pide justicia. Pide verdad. Y sobre todo pide que el caso no se diluya entre tecnicismos, nombres pesados o silencios convenientes. Porque cuando una causa empieza a rozar entornos de poder, el riesgo ya no es solo la impunidad. Es el olvido.
Epílogo abierto
El crimen de Erika Álvarez no es solo un femicidio. Es una historia que expone zonas oscuras, vínculos peligrosos y una trama que todavía no terminó de contarse.
La Justicia tiene ahora la palabra. La sociedad, la memoria. Y el deber del periodismo —cuando el ruido amenaza con taparlo todo— es seguir mirando donde otros prefieren bajar la vista.