Cuando la ignorancia se convierte en arma

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Fanatismo, redes y la crisis de la masa crítica.

por Redacción asistida por IA

La historia judicial del extremismo rara vez está escrita con grandes argumentos. Está hecha de silencios. Silencios incómodos que revelan más que cualquier consigna ideológica.

Ocurrió en Egipto, cuando un hombre asesinó al presidente Anwar Sadat y explicó su acción diciendo que era “seglar”. Ante la pregunta del juez sobre el significado de esa palabra, no supo responder. No lo sabía. Solo la había repetido.

Algo similar sucedió con el escritor Naguib Mahfouz, premio Nobel de Literatura, apuñalado por un fanático que afirmaba castigarlo por haber escrito una novela “contra la religión”. Nunca la había leído. No sabía de qué trataba. Sabía, eso sí, que debía odiarla.

El intelectual Farag Fouda fue asesinado por hombres que aseguraban que “no tenía fe”. Tampoco habían leído sus libros. Algunos ni siquiera sabían leer. Pero eso no les impidió matar.

No fueron casos aislados. Fueron señales de una misma patología social: se mata por ideas que no se entienden, se condena por palabras que no se han leído, se odia por conceptos que no se saben definir.

La mecánica se repite

La historia contemporánea ofrece demasiados ejemplos. En la Alemania nazi, millones aceptaron y ejecutaron políticas de exterminio sin conocer realmente a quienes señalaban como enemigos. Bastaron consignas simples, repetidas hasta el hartazgo, para anular el pensamiento crítico.

En Ruanda, una radio fue suficiente para transformar vecinos en verdugos. No hubo debate ni reflexión: hubo frases cortas, repetidas, que convirtieron el odio en mandato.

En América Latina, la lógica también dejó huella: persecuciones ideológicas, estigmatización del “enemigo interno”, listas negras. Siempre el mismo denominador común: muchos actuaron sin comprender del todo qué defendían ni a quién combatían. Actuaron porque otros pensaron por ellos.

El nuevo analfabetismo

Hoy no hace falta no saber leer para no comprender. El analfabetismo del siglo XXI es funcional. Se leen títulos, no contenidos. Se comparten consignas, no argumentos. Se opina sin contexto y se reacciona antes de entender.

En la Argentina actual —como en buena parte del mundo— el debate público se volvió más binario, más agresivo, menos tolerante a la complejidad. Todo se reduce a estar “a favor” o “en contra”. Todo se convierte en identidad. Todo se vive como una guerra moral.

Así, el adversario deja de ser alguien que piensa distinto y pasa a ser un enemigo que hay que anular.

No hace falta un arma para ejercer violencia. Alcanza con la deshumanización. Con el señalamiento. Con el linchamiento simbólico.

Redes sociales: fábrica de ecos

Las redes sociales no inventaron el fanatismo, pero lo aceleraron. Allí circulan frases que parecen profundas pero no resisten una pregunta. Ideas empaquetadas para ser repetidas, no comprendidas.

Se odia a periodistas sin leer lo que escriben. Se condena a intelectuales sin conocer su obra. Se demoniza a colectivos enteros a partir de recortes, slogans o videos fuera de contexto. El patrón es idéntico al de aquellos juicios: se acusa sin leer, se castiga sin entender, se grita sin saber definir aquello que se rechaza.

No es convicción. Es repetición.

Ignorancia y poder

La ignorancia no es un problema individual cuando se vuelve masiva. Es un problema político. No por quien la padece, sino por quien la utiliza.

Una sociedad que abandona la educación, el pensamiento crítico y el debate honesto no produce solo ciudadanos desinformados. Produce sujetos disponibles. Personas fácilmente movilizables por el miedo, el enojo o la falsa épica de una causa que no comprenden.

No son lobos solitarios. Son instrumentos.

Pensar como acto de resistencia

Hoy, pensar es un acto político. Leer completo. Dudar. Escuchar al que incomoda. Contrastar fuentes. Todo eso va a contramano de una lógica que necesita emociones rápidas y certezas simples.

El pensamiento crítico no garantiza sociedades justas. Pero evita algo peor: sociedades donde hombres y mujeres se convierten en ejecutores de odios ajenos, convencidos de que actúan por voluntad propia cuando solo obedecen consignas que nunca se animaron a cuestionar.

Las ideas no matan. Mata la renuncia a entenderlas.

Y cada vez que una comunidad desprecia la educación, la formación intelectual y la construcción de masa crítica, el costo no se paga en abstracto. Se paga con personas concretas, con nombres y apellidos, que terminan siendo víctimas de odios que no generaron.

Ese es el precio invisible de la ignorancia. Y siempre lo paga alguien que no hizo nada para merecerlo.

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